miércoles, 24 de junio de 2015

Revista * Grupo ATALAYA de poesía Centro cultural Jerezano LA VENENCIA

Impresa en Ávila-Jerez 1963

HOMBRE que busca y sueña y se extravía.
Hombre que nunca queda satisfecho.
Hombre que viene y va, dándole el pecho
al dolor con su poco de alegría.

Hombre de soledad en compañía.
Hombre que intenta ir firme y derecho.
Hombre que va torcido y cae deshecho,
volviendo a levantarse cada día.

Hombre de decepción y de esperanza.
Hombre que cree alcanzar y nunca alcanza
el amor que le arde por la frente.

Hombre en pie, simpre en pie, por el camino.
Hombre que cuando llega a su destino,
deja al fin de ser hombre de repente.

JUAN CERVERA SANCHÍS

Generalísimo, 3
Lora del Río (Sevilla)



CRONICA DE POESÍA ANDALUZA

[...] Cal viva es el título del último libro de Juan, publicado en la Colección Rocamador de Palencia. El poeta de Lora del Río nos conmueve de nuevo con su andalucísimo decir, con la tralla acalorada de su verso crujiente. Poeta de entrañable garra, va --paso a paso-- venciendo dificultades, superando tecnicismos, haciéndose un molde preciso para su voz alucinada. La temática de este poeta autodidacta es bien definida: dolor personal, ensoñación creciente agarrada a la esperanza [...].


Manuel Ríos Ruiz








miércoles, 17 de junio de 2015

Entrevista de Juan Cervera a José Gorostiza

José Gorostiza
Aquí yace José Gorostiza. Y ni una palabra más


El autor de Muerte sin fin, aquella tarde en Coyoacán, ya nos anunciaba su muerte, por más que trataba de disimularlo quemando cigarrillos y hablando de poesía. Recuerdo bien su aspecto de hombre vencido, fisicamente, junto al ciclón de vida que aún era Pancho Lona, el amigo, suyo y mío, que hizo posible aquel encuentro.
  Yo, admirador de su poema genial, estaba emocionado. Eran todavía tiempos, para mí, en que los poetas me emocionaban. Pero Gorostiza, allí, me pareció a años luz de su obra. Uno descubre a veces que la obra y el autor terminan cada quien por su lado. 

  Tenía, empero, grandes deseos de hacerle preguntas al poeta. De escuchar su palabra viva. Gorostiza, quien se negaba a ser entrevistado, tuvo el tacto de verme como a un poeta y no se negó. Pancho Lona, sin duda, fue mi ángel protector. Lo era allí y lo había sido y lo fue hasta su muerte, con generosidad que nunca olvidaré. Lo conocí en casa de León Felipe y cuando declaré que deseaba conocer a José Gorostiza no cesó hasta lograrlo. 

  Ante el poeta, ¿cómo no hablar de Muerte sin fin? Al preguntarle yo que había representado para él el haber escrito su alto poema, tras fumar despacio y mirar como en ausencia, me confesó: "Para mí representó un acto de liberación. Yo creo que el campo de las libertades es la poesía, que es donde uno realmente puede decir lo que le dé la gana. Creo que no hay hombre más libre que el poeta. Yo al escribir Muerte sin fin me sentí más libre. En poesía nunca hay sanciones, ni censuras, ni siquiera para escribir versos malos."

  Pancho y yo sonreímos. El poeta continuó fumando. La libertad fue compartida y la noche, que caía, me pareció distinta. Transcurrieron unos minutos y retomamos la plática. Intenté averiguar cuáles eran los poetas predilectos de Gorostiza. Primero se negó a contestar y luego me fue diciendo:
  -Me gustaba de los clásicos: Luis de Góngora, por la suntuosidad de su expresión. Hay muchos pasajes de Muerte sin fin que son gongorinos. Yo me nutrí siempre en la poesía clásica española. Muchos poetas de mi generación leían poetas franceses, sin embargo yo los leí muy poco. Siempre preferí los clásicos españoles. Felizmente coincidimos en los gustos literarios. Intercambiábamos versos de Luis de Góngora y también de Francisco de Quevedo. Le recordé a Barahona de Soto y él me hizo pensar en Fernando de Herrera y Franciso de Medrano. Pancho Lona puntualizó sobre Lope de Vega. La noche se puso clásica. Las volutas de humo se hicieron círculos de historia. Fue entonces cuando se me ocurrió preguntarle cuál poeta elegiría para representar al poeta.  José Gorostiza, sin asomo de dudas, me declaró terminantemente:
  - A Shakesperae
  Dejamos pasar en silencio varios segundos. Luego le preguntamos por sus tres palabras predilectas. Respondió:
  - Inteligencia. Recuerdo. Armonía.
  Y tras esto pretendimos saber, de no haber sido poeta, que es lo que le hubiera gustado ser. La noche prima se incendió de claridad. José Gorostiza nos confesó:
  - La verdad, de no haber sido poeta yo hubiera deseado ser torero. Es un arte relámpago de una belleza extraordinaria cuando toro y torero se acoplan en perfecta armonía. Y añadió tajante al referirse al arte de torear: "Es un arte sin igual."
  La pausa. Otro cigarrillo. José Gorostiza nos hablaba de sus toreros: Admiré a Juan Belmonte, a Rodolfo Gaona, a Manuel Rodríguez Sánchez "Manolete" y de los nuevos me gusta Manuel Benítez "El Cordobés".
  Y retomamos la senda de la poesía. Buscamos saber de labios de José Gorostiza cuál era, para él, la función de la poesía en este mundo. Nos dijo:
  - Aparentemente de lo que destaca hoy en el mundo, parece que la poesía ha perdido su prestigio y son incluso muy pocos los jóvenes que se entregan a esta  heroica vocación. Ya ni las mujeres vibran con la poesía. En mi época no era así. Pero vayamos a la pregunta: Yo no sé ya qué función es la de la poesía en el mundo, pero siempre ha sido la de embellecerlo y la de poner en claro su misterio, hasta donde es posible... la poesía es punta de lanza. Así creo yo. 

  De inmediato le preguntamos: ¿Cree usted que el poeta tiene un destino especial, distinto al del resto de los mortales? 
  - No, yo creo que no. Hay, sí, algo de destino y puede que de genética. En mi familia siempre hubo miembros con predisposición para las letras. Mi padre era banquero y, sin embargo, sus cartas estaban muy bien escritas. 

  No sabíamos que el padre de Gorostiza hubiera sido banquero. Al saberlo no nos extrañó... un poeta puede surgir de cualquier parte y de cualquier padre, porque al fin de cuentas todo poeta es hijo de sí mismo. Tras pensar esto se me ocurrió preguntarle si existe algún poema no escrito por él, pero sí en su mente que le hubiera agradado escribir. José Gorostiza clavó los ojos en no sé qué distancia y habló:

  - Para después de Muerte sin fin yo quería escribir un poema de amor. Le confieso que para mí no es sino una manera de buscarse a sí mismo. El ser amado no es la otra persona. El ser amado es uno mismo. Creo que a fuerza de buscar uno en una mujer, o muchas mujeres, se halla uno en sí mismo. El amor es un ejercicio de narcisismo. El amor es egoísmo puro. Cuando el hombre y la mujer se buscan sólo están impulsados por el deseo de indagar quiénes son... Ahí está el nudo, pues el amor es la imagen de Dios que sólo es posible verla si llegamos a vernos a nosotros mismos a través de la persona que llamamos amada. A mí me hubiera escuchado escribir ese poema como escribí Muerte sin fin, que me nació un día en que yo, por una circunstancia que no recuerdo, me sentí llamado en mi atención por el proceso de la vida y la muerte y advertí que todo lo que nosotros vemos está naciendo y muriendo al mismo tiempo. Pero yo no vi todo esto desde el otro lado, me asomé a la otra cara de la moneda y nació Muerte sin fin, que hay quien dice que tardé once años en escribir, pero la verdad fue que me costó únicamente un año. 
  Callamos. Supimos que para Gorostiza la poesía "es una función sagrada." Hablando de otros poetas nos recordó a Leopoldo Lugones diciendo en  voz alta un verso suyo: "Llueve en el mar con un murmullo lento." Gorostiza nos platicó de su ave predilecta, el cenzontle; de su pueblo más querido: Taxco; del nombre de mujer que más han acariciado sus labios: Martha; de su color favorito: el azul. 
  La tarde quedaba lejos. La noche se adensaba. Volvimos a entrar en materia. Fue Pancho Lona el que preguntó si la poesía debería servir para algo concreto. Gorostiza nos comentó:
  - No. Aunque hay muchos poetas que usan la poesía para propagar credos políticos, yo creo, hablando lisa y llanamente que la poesía no debe estar al servicio de nada ni de nadie, sino de sí misma. Todo lo que no esté dentro de esta norma de libertad y autenticidad está muy apartado de mi emoción poética. La poesía no debe comprometerse con nada. 
  Le pedimos consejo para un joven poeta. Gorostiza me miró a los ojos y me dijo: "No caigas nunca en una escuela de poesía."
  Pensamos en los talleres. Y de inmediato dejamos de pensar en semejantes trucos. Gorostiza nos habla ahora de El cantar de los cantares, libro, poema que con mucho gusto hubiera querido escribir. Y yendo con Pancho Lona, ¡cómo no íbamos a hablar de nuestro querido León Felipe! 
  - León Felipe era un profeta, algunos de sus libros, dentro de la tradición hebraica, creo que podrían incluirse en la Biblia. Era un poeta excepcional. Yo lo quería y admiraba mucho. 
Hablamos con José Gorostiza de otros poetas y nos atrevimos a preguntarle qué epitafio querría que llevara su tumba. Esto fue lo que dijo: 
  - "Aquí yace José Gorostiza. Y ni una palabra más."
Se hizo el silencio y caminamos hacia la puerta con Pancho Lona, del gran amigo que, ahora lo siento presente, muy presente en mi corazón al igual que a José Gorostiza, con quien comparte el reino de la muerte... al que todos pertenecemos. 
José Gorostiza había nacido en Villahermosa, Tabasco, el 10 de septiembre de 1901. Falleció en la ciudad de México el 16 de marzo de 1973. Su poesía vivirá entre nosotros mientras la lengua castellana.

viernes, 5 de junio de 2015

La poesía

¿Qué es la poesía? Para mí es una luz en el tiempo, una luz salvadora. Si la poesía aparece, si la poesía está, yo estoy y soy y la vida es auténtica. Puedo ver y tocar, oler y gustar y, al mismo tiempo, sobrepasar las barreras de los sentidos y entrar en el reíno de lo metafísico a la vez que me embriago de lo físico esencial. Pero cuando la poesía me abandona, aunque parece que vivo y logro, incluso, refugiarme en el sarcasmo, siento que no estoy ni soy y, la vida, me parece una farsa, un sin sentido, un absurdo y resisto, tan sólo, porque mantengo mi fe en la poesía, en que Ella retornará, como un amante invariable, a devolverme la belleza, y la altura que me permitan integrarme a la verdad del Universo. La poesía es la suprema verdad. Sí, eso es la poesía, y, ay, de aquellos, que pasan por este mundo sin haberla conocido. De ellos se puede decir que nunca vivieron, puesto que vivieron en la mentira y, la mentira, es todo lo contrario de la vida. Sólo se vive en la verdad, es decir: en la poesía, en el momento poético que nos ofrece el milagro de la iluminación cósmica. Es por eso que pido a los Dioses que nunca permitan que la poesía me abandone, y mucho menos en mitad de las miserias de este mundo y este tiempo que me ha tocado habitar y vivir.

Texto extraído de El Caracol Marino, Marzo-Abril 1989, Volumen xi, núm. 132, revista a cargo del también poeta Librado Basilio, grande en su tiempo en la Universidad de Veracruz, Xalapa.      

miércoles, 27 de mayo de 2015

Soleares

Con todo lo que he vivido
ando escribiendo una historia
una historia sin sentido.


.....
Mira si yo tengo suerte
que me tengo que morir
el día que menos lo piense.

.....
Las rosas del cementerio
me dijeron al oído
que estaban vivos los muertos.

.....
Yo nací de una mujer
y en brazos de una mujer
volví de nuevo a nacer.



sábado, 21 de marzo de 2015

Entrevista con "El Perro" Aguayo

Compartimos la siguiente entrevista que realizó Juan Cervera Sanchís a Pedro Aguayo en el año de 1987; dedicada a los amantes de la lucha libre, y, especialmente, en honor a la lamentable muerte de su hijo Pedro Aguayo Ramírez, ocurrida este sábado. 

Pedro Aguayo
El legendario perro de Nochistlán
¿Perro de pocas pulgas? Pues sí, pero sobre todo excepcional y fabuloso luchador. El Perro Aguayo es ya parte de la leyenda y la historia del pancracio mexicano. Quimérico en cada uno de sus combates. Gran señor del cuadrilátero. Es por eso que yo lo llamo, por considerarlo justo y más que legítimo: “Don Pedro de Nochistlán”. Fue ciertamente en Nochistlán, Zacatecas, donde este HOMBRE (con mayúsculas) vino al mundo el 28 de enero de 1946. Acuario. Regenteado por Saturno y la flor del heliotropo. Influido por el sol. Nimbado por los colores: violeta, gris y verde nilo. Con el cinco como número de la suerte. El cinco es un número formado por su familia: Él, doña Luz (su esposa) y sus hijos: Luz América de doce años, Pedro de siete y la genial y cautivadora Rocío Primavera de dos, por la que fuimos seducidos Guillermo Mañón (nuestro magistral fotógrafo, el gran artista de la fotografía hoy por hoy de la lucha) y su humilde servidor.
Con la sonrisa más amable nos abre la puerta de su hogar don Pedro Aguayo. Se respira paz y sencillez en su casa. Rocío Primavera baja por la escalera robándole cámaras al papá e impone su estrellato femenil. Don Pedro nos invita a tomar asiento. Hablamos del profesor, de lo mucho que aprendió de él (el espíritu de “El Santo” revolotea por la sala jugando con Rocío Primavera). Pero vamos a Nochistlán mientras don Pedro nos dice: "Allí siembras maíz y recoges abrojos. Mi padre era campesino. La vida fue muy dura para mí desde el principio. Sé lo que es el hambre. Que nadie me cuente. En Nochistlán vivir nunca ha sido fácil. Pero la gente es muy noble en aquel lugar. Había que salir de allí… el hambre nos expulsaba de la tierra natal con violencia. Mi hermano mayor fue el primero en partir. Escribió a la casa. Había encontrado trabajo como cargador en el mercado Corona de Guadalajara. Mi padre, que descanse en paz, arrastró con nosotros y llegamos a aquella ciudad. Tenía apenas unos ocho años, y si sabía explicarme, y como era torpe al hablar, todos se reían de mí, y como siempre he tenido ‘pocas pulgas’ me daba coraje y me la pasaba golpeándome con medio mundo. Esto de andar de golpes con todos me llevó a los gimnasios. No me dejaban entrar, pero yo me colaba. Fue por eso de que merodeaba por los gimnasios y decían: “Ahí viene el perro”. Era yo un chamaquillo solitario y mal encarado. Tenía rencores contra la sociedad, pues… por mi origen, rencores que ya he superado.

            En algunos gimnasios me daban oportunidad de subir al ring y me las veía con muchachos mayores que yo, pero a más de uno los fracturé. Me odiaban y los odiaba. Una vez la mamá de uno al que había golpeado en un entrenamiento y resultó lastimado me quiso matar con una chaveta de zapatero y él me salvó.
 – ¿Ahí se aficionó a la lucha, don Pedro?
       –No, no antes quise ser boxeador y un señor de esos vivos que siempre hay me ofreció quinientos pesos (lo que entonces era una fortuna) por una pelea. Pero me hicieron una cosa muy fea. Peleé y gané y, finalmente, de los quinientos pesos prometidos me dieron cincuenta y me trataron horrible, pues hasta me dejaron con un frío de muerte, en mitad de la carretera. Yo me dije: “Si esto es el box qué más prosigue”.
            En Guadalajara yo me hice un muy buen panadero. Soy un repostero de primera. Sé hacer el mejor pan dulce de la República. Y alguna vez soñé con tener mi panadería propia. Quizá alguna vez ponga mi horno y abra una panadería de primera. El oficio lo conozco muy bien. Bueno, pues volví a mi pan tras ganar aquella pelea y ser tan mal pagado. Al diablo con el box, me había dicho, pero… los cuadriláteros marcarían mi destino. Me entregué a la lucha olímpica y fui Campeón Nacional Olímpico. Pero ahí como en todo, hay su política y tras catorce años de ser luchador olímpico aquello se acabó. Tuve problemas. Hablar claro y alto siempre le trae a uno problemas. Así es esta vida. Pero yo no sé hablar bajo y oscuro.
            En Guadalajara yo tenía un guía y amigo: “El Diablo” Velasco, y con él me refugiaba cuando me sentía mal. Fue él el que me dijo: “¿Por qué no te haces luchador profesional? Tú tienes algo que le falta a muchos; tienes coraje”. Yo no quería, pero lo pensé y… Él me dijo: “En seis meses yo te pongo en tu sitio”. El 10 de mayo de 1970, en Sayula, combatí por primera vez, como emergente, y junto al “Indio Jerónimo” contra Red Terro y Alfonso Dantés. Cobré treinta pesos y me dieron una buena paliza. Perdí varías luchas al hilo hasta que me enderecé y le vi la luz al túnel. Empecé a salir mejor de mis combates. Me fui curtiendo en firme. Aprendí mucho. Yo no estoy de acuerdo con esos mexicanos que se van a lo fácil, yo creo en lo difícil, pues sólo yéndose a lo difícil se supera uno. Hoy cualquier maromero se cree luchador, y lo que es peor: guía y entrenador. Pocos quieren ir a aprender con los que saben de verdad (como un Ray Mendoza, por ejemplo) y sí con los saltimbanquis. La lucha es un deporte muy serio, muy verdad y hay que luchar por que lo siga siendo.
            –De acuerdo. ¿Y cuándo vino usted a México?
        –En 1971 llegué aquí, y me encontré con la política de las empresas y esos que hacen los reportes si no le das unos centavos escriben lo que no es. Ellos reportaban a la empresa lo contrario de lo que yo hacía porque nunca les aflojé un centavo. También choqué con esos que se dicen periodistas y te piden una "lana". Así que me hice antipático y me tuve que ir de aquí muy decepcionado de la gente. Pero sin arrepentirme. Llegué a Monterrey, y allí, Ray Plata, que es un hombre muy derecho y al que le gusta la lucha de verdad, me volvió a dar la oportunidad de subir al cuadrilátero. En México me habían corrido de la empresa.                
            Reinicié la carrera, me contrataron para la Costa, en la primera gira luché en el primer combate, pero en la segunda ya luchaba como estrella. Recuerdo que me casé en viernes, y el domingo me mandaron a luchar y tuve que dejar a mi mujer solita. Bueno, yo lloré. Pero fue entonces que me encontré con Karloff Lagarde (todo un hombre). Él me dijo: “Oye, Perrito, tú puedes hacer algo. No te estoy diciendo que te voy a dejar el pandero, pero…”. Era mi compañero y una noche chocamos en Tijuana y salimos a golpes. Él era el señor, toda una figura y yo, después de aquella bronca, me daba por perdido. Me sentía muy mal, muy mal. Pero seguimos viajando juntos. Había que cumplir. En el viaje “La Furia”, que venía con nosotros, compró un cartón de cerveza. Íbamos de Tijuana a Guaymas, era de noche y “La Furia” ofreció al señor Lagarde una cerveza y fue entonces que el señor Lagarde le dijo: “Dale al Perrito”. Me dio y Lagarde me dijo: “¿No vas a brindar conmigo? –Sí, señor. Y al decir yo esto me dijo: “Mira, Perrito, lo de allí es de allí y lo de aquí es de aquí. Estamos aquí y esto es otra cosa. Vengase para acá”. Sentí bien suave. Y surgió en aquel momento jugarnos la cabellera y nos la jugamos en el auditorio de Tijuana y gané. Esto fue definitivo y desde aquel instante cambiaría mi carrera de luchador. Le debo por eso muchísimo al señor Lagarde. Una semana después arrebaté el campeonato de los “Walters” a Alberto Muñoz, quien había vencido a Karloff  Lagarde. Esto llamó la atención y los que sabían empezaron a preguntarse: “¿Quién es ese Perro? Queremos verlo”. Y me perdonaron y volví al Distrito Federal. Seguí luchando en el cuadrilátero y también abajo (donde a veces es peor) contra la corriente. No me acababan de dar oportunidades y estuve a punto de retirarme y abrir una panadería, pues yo siempre he tenido una cosa: A mí no me asusta el trabajo y me lanzo a fondo, pero en esto no la veía. En mitad de mis decepciones me dieron la oportunidad de luchar la del Cuás, ese combate que se ponía mientras la gente se iba retirando de la arena. Pero cuando yo luchaba la gente que se empezaba a salir volvía para verme y a veces opacábamos a las estrellas. Una vez estaba por fortuna en la arena Chava Lutteroth y me vio y me dijo: “Así quiero que luches siempre. El viernes te quiero aquí”. Los promotores no ven siempre las luchas y en más de una ocasión los engañan los que hacen los reportes. Aquella ocasión fue también muy importante en mi carrera porque la verdad se imponía.
            – ¿Su mejor recuerdo?
            –Ganar el campeonato en Japón y oír el himno nacional allí.
            – ¿Cuáles son los grandes luchadores de hoy en México?
          –"Fishna", "Sangre Chicana", "Villano 111", "Canek"… los grandes y buenos son pocos. Siempre ha sido así, pero el mundo de los gladiadores no es diferente a ningún otro. Por ejemplo, ¿acaso en su oficio no hay muchos malos y pocos buenos? Pero mire, esto es la realidad y cuando más malos haya más se verán a los buenos. Hay que alegrarse de que haya muchos malos, pues así los buenos brillamos más. 
              Y los ojos de don Pedro de Nochistlán refulgen con la malicia propia no de un perro lobo, sino de un callejero, de esos que se la saben de todas a todas, y es que él, antes de ser don Quijote fue Lazarillo. Luego nos jura que él es rudo de corazón, pero como se debe a la gente, pues… que todo sea por la gente, ya que sin ella no habría lucha ni "Perro" Aguayo, ni entrevistador, ni fotógrafo… Esa es la verdad… de manera, amigo lector, que usted es el que manda. A sus órdenes.
         
La entrevista fue publicada en la revista Súper Luchas. Director Leopoldo Meraz, el "El reportero Cor" (Reportero Corazón)

jueves, 19 de marzo de 2015

Dicho con rosas

Es un poema escrito en junio de 1972, dedicado a Juan Cervera por el poeta Juan Rejano. Este soneto es acontecer de pureza y finitud de la rosa emergente con la eternidad del rosal, así como el poeta y el hombre, que para tanta poesía los poetas, y para tantos hombres la existencia que es la semilla repetida y única, discontinua y heredada de la vida.

                                                           Dicho con rosas

                                            La gala del rosal, ayer erguida
                                            y alta en su tallo, ahora se deshoja; 
                                            pero otra nace ya, tan blanca o roja,
                                            y no menos en trance de partida.

                                            Es tan fiel copia la recién nacida
                                            de la que languidece, que se antoja
                                            que son la misma flor hoja por hoja,
                                            sangre las dos o nieve desvalida.

                                            Y heredándose perlas a corales
                                            siempre la muerte quedará brindada
                                            al paso de las rosas inmortales
                                          
                                            Ay, pero este morir es de otro modo,
                                            rosa ideal, belleza entresoñada,
                                            porque soy uno y moriré del todo.  

                                                                                  Para Juan Cervera,
                                                                                  con todo el cariño, y
                                                                                  en la complicidad poética.


                                                                                                         Junio, 1972.